Jeremías, qué personaje, qué historia. En medio de una de sus profecías de miseria en cuanto al destino de Jerusalén, se detiene, respira profundo y clama, “Porque, ¿quién tendrá compasión de ti, oh Jerusalén? ¿Quién se entristecerá por tu causa, o quién vendrá a preguntar por tu paz?” (Jer. 15:5).

“Shalom” es la manera más común en que nos saludamos en Israel un día cualquiera. “Ma Shlom-cha?” que quiere decir “La paz sea sobre ti, ¿cómo está tu paz? ¿Cómo te va?” ¿Qué raro es, entonces, que cuando la misma frase aparece en Sal. 122:6 se traduce como “oren por la paz de Jerusalén” y no como “pregunten cómo le va a Jerusalén, ¿cómo está su paz?”

¿De verdad importa?


Pues sí. Las traducciones inglesas (y al castellano) han omitido el significado tan profundo de este versículo tan conocido y citado. En el hebreo original, el mismo dicho aparece tanto en Jeremías como en Salmos. La palabra “pidan” o “pidan por” no simplemente quiere decir “oren”, como una especie de mantra vacía que se repite por sí sola, sino más bien “muestren interés en los detalles”, “esperen una respuesta”, “manténganse en contacto con Jerusalén”, “consulten por su bienestar”, “revisen como le va.” ¿Cómo más sabrá cómo orar por ella?

Este versículo, que lleva a millones de cristianos a arrodillarse cada mañana para orar por la paz de Jerusalén, no es un llamado sólo para decir: “que haya paz en esa ciudad.” Es un llamado a tener una relación, un llamado a comprobar cómo está Jerusalén, de contactar a aquellos que viven en Sión, y descubrir por medio de ellos por qué no hay paz, y cuál es su rol junto a ella en un tiempo como este.

Entonces, ¿cómo le va a Jerusalén?


Gracias por preguntar. No tan bien para ser honestos. En verdad, es hermosa y emocionante, pero también está vieja y exhausta. Por un lado es nueva y moderna y tiene una mente brillante. Por otro lado, tiene una compilación de contrarios. Está rodeada de enemigos que quieren pisotearla y conquistarla. Necesita mucha ayuda, y la parte más triste es que ni es consciente de ello.

Si fijamos nuestros ojos en la paz de Jerusalén, pensarlo es lo principal, nos estamos perdiendo dos puntos importantes:

  1. Nos perdemos del llamado de una relación con la nación y con sus hijos.

  2. Puede que seamos engañados cuando venga la paz falsa, pensar en esto es la respuesta a nuestras oraciones.


Así que este es el desafío que quiero poner ante usted: ¿se detendrá a preguntar cómo le va a Jerusalén para lamentar junto con ella? ¿Invertirá tiempo en llegar a conocerla, a sus hijos, y las verdaderas razones porque no hay paz (en vez de lo que los medios escogen decir al respecto)? El día glorioso llegará cuando habrá verdadera paz en Jerusalén, pero en este momento ese no es exactamente el plan. Entonces tengamos cuidado de no convertir nuestra pasión por Israel en un mantra religioso y busquemos los detalles.

Este artículo apareció originalmente en Ot OoMofet Ministries – A Sign and Example, y ha sido republicado con permiso.